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Fabio Isman
Periodista y escritor,
enviado especial del periódico
“Il Messaggero”, Roma, 2009.
ITALIA

VIDA DE ARTISTA EN CUATRO CUADROS Y MIL ESCULTURAS
Una vida de artista, y en particular de escultor, en cuatro cuadros. En el primero la juventud, la vocación nunca traicionada y la formación. En el segundo, el traslado a otro continente más allá del océano, el coraje, tantas privaciones y sacrificios, pero también las primeras afirmaciones. En el tercero, el éxito y el cupolone de la basílica de San Pedro en Roma, pues ya nadie podrá nunca privar a Jorge Jiménez Deredia de un récord: ha sido el primer artista no europeo presente en el centro de la cristiandad, junto a Miguel Ángel y Bernini, Giotto y Rafael, Arnolfo di Cambio y Pollaiolo, Algardi y Canova, por citar sólo unos cuantos. Finalmente, el cuarto cuadro está impregnado de esperanzas, de proyectos, de sueños, y también de esta exposición. Porque, como escribía Friedrich Hölderlin (1770-1843), “un Dios es el hombre cuando sueña, un mendigo cuando reflexiona”.


En este caso, el hombre empieza a soñar lejos. En Costa Rica, donde nace en 1954 ciertamente no en el lujo ni en la riqueza. Con diez años ya decidió que sería escultor. En latín vocare significa llamar, pero evidentemente no es un término sólo para religiosos. En el primer cuadro se contempla cómo nace esta vocación, en medio de grandes tribulaciones. Cuenta Deredia: “Cuando tenía seis años llegó la vacuna Sabin contra la poliomielitis. Nos la pusimos todos: mis padres y los siete hijos; también mi padre, que había sido afectado de pequeño, por fortuna de manera leve. Quedó paralizado, tumbado en la cama durante un año. Sólo podía mover la cabeza. Después poco a poco y con gran esfuerzo se fue recuperando. Me quería siempre a su lado, porque tenía miedo continuamente de no superarlo. Durante ocho años no lo dejé nunca, ni siquiera un instante. y él, apretando los dientes y casi arrastrándose por tierra, construyó con sus manos -por decir- una primera casa para todos nosotros, y después otra junto al mar”.
Penurias y dificultades, pero también el des cubrimiento de un futuro. Gracias a uno de los más formidables misterios arqueológicos: las esferas de la civilización precolombina de los Boruca. “Las vi con nueve años, en el museo de San José de Costa Rica, y me dejaron completamente anonadado. Realizadas tal vez hace 1700 años, puliendo el granito: las únicas esculturas abstractas anteriores a Cristóbal Colón, que llegó a Costa Rica en 1502, en el último de sus cuatro viajes. Había muchísimas de esas esferas, más o menos grandes, redondeadas con una precisión todavía inexplicable; pesaban hasta quince toneladas, y estaban alineadas siguiendo los astros y el desplazamiento del sol, según cálculos y esquemas tampoco aclarados nunca. Fueron retiradas en 1940, para hacer espacio al cultivo intensivo del banano llevado a cabo por la United Fruit Company, una industria norteamericana, y en buena parte desaparecieron: algunos se las llevaron a sus casas, otras acabaron frente a los edificios públicos, otras por fortuna en el museo. Los dibujos de dos arqueólogos estadounidenses documentan cómo se encontraban dispuestos algunos grupos, en una pequeña área del Pacífico, en el sur: el preciado testimonio de una civilización tal vez menor, no maya ni inca, pero que en cualquier caso pervivió durante cuatro mil años”. El segundo cuadro de la “vida de artista” se abre con una beca de estudio, cuando el padre se encontraba un poco mejor y podía prescindir de su ayuda. Deredia ya había comenzado a esculpir en su país. Con veinte años obtuvo una beca de siete meses en Italia. “Conmigo estaba Giselle, mi mujer. Al cabo de los siete meses rompimos el billete de regreso: sentía que tenía que vivir cerca de las canteras de Miguel Ángel, las de Carrara. (…) (...) Mi esposa y yo siempre sabíamos que podíamos gastar apenas un quinto de lo que sacaba de mis obras; el resto servía para esculpir otras”. y mientras tanto, la Academia de Bellas Artes de Carrara y la facultad de Arquitectura en Florencia.


Jorge Jiménez Deredia tiene el don de la fabulación, y sabe pensar a lo grande, sabe sorprender. Cuando apenas nos habíamos conocido le pregunté qué pensaba él que somos. Con simplicidad desarmante, y el aire del que dice la cosa más obvia, respondió: “Polvo de estrellas, ¿no?”. Otra vez acababa de llegar de América, y en lugar de mostrarse contento se extrañaba del elevado precio de una escultura suya vista en una galería de arte de Manhattan. Los éxitos todavía estaban lejos, y mientras tanto, formándose en Italia, seguía pensando en aquellas esferas singulares, vistas de pequeño en su país. (…)

He comprendido que la esfera es el mismo círculo de Leonardo, del hombre vitruviano en el Estudio de las Proporciones; he integrado el arte y la arquitectura florentinos con las creaciones boruca de mi infancia. Sin esta ciudad, quizás no lo habría captado nunca. y también por ello la he amado profundamente desde entonces. El lugar que en 1840 Alejandro Dumas padre llamaba “El dorado de la libertad individual” es uno de mis baluartes en el descubrimiento de una identidad mucho más profunda que las acostumbradas apariencias”. Las esferas “constituían un puente entre espiritualidad y racionalidad, representaban el aglutinante de un grupo étnico: a través de ellas los borucas descubrían una parte de sí mismos, justificaban su propia existencia”, explica Deredia, que al mármol añade tanto los textos de Carl Gustav Jung, uno de los primeros secuaces de Sigmund Freud (“mi tesis en la Academia de Bellas Artes de Carrara se basaba en una interpretación suya de las deformaciones anatómicas en Giovanni Pisano”) como antiguas e intrigantes leyendas, tal vez escuchadas de niño pero después sin duda reelaboradas: “Las montañas blancas son lágrimas de estrellas; venimos de las estrellas: somos el polvo de las estrellas, el producto de una evolución, el derivado de un proceso cósmico del que participamos con el acto creativo. La verdad está escrita en nuestros corazones, no en la ideología. Esculpir es recordar; el mármol es una superficie suave, que respira: transformar su aspecto requiere la misma paciencia de la gota de agua que altera la forma de la piedra excavándola en la cueva. La modificación de la materia es un ‘tiempo místico’, porque repite y eterniza el milagro fundamental de la creación”.
“Cuando de niño he visto aquellas esferas e el museo de San José, he comprendido que nunca habría podido hacer otra cosa en la vida sino esculpir, midiéndome cada día con esas obras maestras de simplicidad y profundidad. Mis padres habrían preferido que fuera a la universidad y me hiciera médico, o al menos licenciado, pero éste era el único camino posible para mí. No ha sido fácil, pero quizás he conseguido recorrerlo”. Deredia ha seguido siempre su vocación, con una obstinación poco frecuente. No muchos habrían mostrado su misma determinación; posee realmente una fuerza de voluntad irrefrenable. En principio fue una esfera, o más bien algunas esferas, ya olvidadas por el tiempo y por las civilizaciones que las han sucedido. Después llegaron tres bienales de Venecia (1988, 1993, 1999), las primeras esculturas en lugares públicos de varios países, de Francia a Costa Rica pasando por Estados Unidos, numerosas exposiciones y las primeras y trabajadas confirmaciones. Sin embargo, a Deredia no se le ha subido el éxito a la cabeza, ni siquiera cuando se convirtió en el primer artista extraeuropeo presente en San Pedro. y así llegamos al tercer cuadro de una vida de artista.




“No amo las aristas”, dice Deredia, “porque cualquier pliegue complica siempre la vida. La forma ideal es la esférica. Pretendo representar juntos tanto lo que vemos del mundo como su esencia más íntima y profunda. He realizado muchas creaciones y asumido no pocas decisiones sólo porque sentía “dentro” que tenía que hacerlo, como si me lo hubiese ordenado una fuerza misteriosa. Por ejemplo, yo “sabía” que tenía que conseguir realizar esa estatua de San Pedro a cualquier costo”. “Esa estatua” tiene cuatro metros y medio de altura, casi cinco y medio con el pedestal (más que el David de Miguel Ángel), y pesa treinta y dos toneladas (veinte sólo la escultura). Desde el 20 de septiembre del año 2000, cuando el papa Juan Pablo II la inauguró, se encuentra en el exterior de la Basílica, en el nicho central del transepto izquierdo, llamado de San José, en el f lanco sur; el único entre los nichos externos que Miguel Ángel pudo sin duda ver acabado. Inmortaliza a Marcelino Champagnat. (…)
(...) Deredia ya no es uno cualquiera. Desde 1989 una de sus esculturas monumentales, un Poema mítico que es una suerte de esfinge, domina en París los Jardines de América Latina, en Porte de Champerret. Sus obras son exhibidas en otros once países, y el antiguo aeropuerto de San José en Costa Rica se ha convertido en un parque con sus esculturas… ¿ya es rico? “No creo en absoluto, y sobre todo no me sirve. No puedo dormir en más de una cama; si como demasiado, me enfermo”. Nunca un café, en raras ocasiones un vaso de vino, “y sólo en compañía”. Por las mañanas se levanta a las 6 y desayuna un vaso de agua con un pedazo de pan; de las 7 a las 13 y de las 14 a las 20 trabaja en su estudio; a las 9 de la noche ya está en la cama. Cada año regresa a su país (“me marché sin permiso; para mi padre debe de haber sido un duro golpe, pero tenía que hacerlo. No nos escribimos ni llamamos por teléfono, aunque pasamos juntos treinta días cada año”). De tres modelos que emprende destruye dos, porque no le convencen. Ha buscado siempre una inspiración “alta”, casi un aflato, que nunca es sólo terrenal. De ahí ciertas Composiciones cósmicas, en las que vuelven a aparecer las esferas nativas, o las estupendas Génesis (quizá sus manifestaciones mejores, más elevadas), en las que paso a paso (y a menudo los pasos son cuatro) una esfera, heredera de las antiguas boruca, se transforma en una mujer agazapada, repitiendo así el milagro y el misterio de la Creación; o los Poemas ancestrales; o la Búsqueda del mito. De ahí también el interés que ha mostrado por él Pierre Restany, gurú de la crítica francesa que ya fue vate de otros grandes artistas, como yves Klein, César, Christo o Arman, y que desgraciadamente falleció en 2003: se habían hecho grandes amigos. (…)

Continuación, 2003, mármol blanco de Carrara, Pietrasanta, Italia. cm 260x218x187
(...) A un cierto punto de su recorrido, en el 2006, sintió la necesidad de saldar su deuda con Florencia, la ciudad donde había estudiado y cuya arquitectura, todavía como estudiante, ha jugado un papel tan esencial en su vida, sobre todo en la interior, la más íntima. y le dedicó una gran exposición en los jardines de Boboli y en el Limonero del mismo: veintitrés esculturas, en mármol o bronce, a menudo de cuatro elementos cada una; y, más aún, algunas piezas monumentales en ciertas plazas, o a cielo abierto. Dos bronces de más de dos metros de longitud y 170 centímetros de altura, Recuerdo profundo, en el pasillo de los Uffizi y en el jardín de Boboli; Arraigo, un mármol de casi tres metros, frente al palacio Pitti; el Canto a la vida, composición de cuatro esculturas de ocho metros de longitud y más de dos de altura, en piazza della Repubblica; Continuación y Encuentro, con una Imagen cósmica en bronce de cinco metros de altura, también en Boboli. Han suscitado enorme curiosidad, constituyendo una atracción más para muchos turistas, que se fotografiaban junto a ellas impactados también por la singularidad de un Autorretrato, un bronce de casi cinco metros de longitud y casi tres de altura que es en realidad la huella de la palma de la mano derecha del artista, repetida cuatro veces. “Porque ése es mi primer instrumento de trabajo, el verdadero retrato de lo que soy”. De esa exposición obtuvo también una inesperada satisfacción: entró a formar parte de la Academia de las Artes y del Diseño, y no oculta su placer: “es la que fundó Vasari, y entre los primeros se encontraban Miguel Ángel, Ammannati y Francesco da Sangallo”. Es la confirmación, si hubiera tenido necesidad de ella, de que sus esculturas monumentales, en vastos espacios abiertos, se funden con el contexto, que exaltan. Atraen el interés del público, saben causar placer. (…)


(...) Deredia es verdaderamente un hombre de una sola pieza, como el mármol que ama modelar. De entre los numerosos tipos prefiere el blanco, de Carrara. Es también un gran experimentador; sin que ni siquiera lo supiese, algunas de sus antiguas composiciones, en ladrillo, cerámica y aluminio, se convirtieron en la portada publicitaria de La Bienal de Venecia de 1993 en un libro publicado por Electa. Ahora, y desde hace algunos años, junto al mármol le dedica también mucho tiempo al bronce: “Fusiones a cera perdida, como se hacía entonces”. No es abstracto –y hemos llegado aquí al cuarto y último cuadro de una vida de artista– ni sólo banalmente figurativo; quizás, si se le tuviera que encasillar por fuerza, habría que definirlo –y quién sabe si es posible– como artista evocativo. Lleno de singularidades. Del papa Wojtyla, con el que se encontró durante la inauguración de la escultura de San Pedro, sin llevar corbata (“hasta los trece años la llevaba puesta todos los días; desde entonces, nunca más”), recuerda “su fuerte presencia, una figura increíble. Emanaba un carisma inmenso. Alzó los ojos y los fijó en los míos, que jamás podrán olvidar ese instante”. Sin embargo, no le besó el anillo: “Nunca le he besado la mano a un hombre, sería servil”.(…)


(...) Ha recorrido un largo camino desde cuando se dio un nombre artístico, añadiendo al suyo, Jiménez, el de la aldea en la que abrió por primera vez los ojos; de hecho, Deredia significa “de Heredia”. Porque incluso a pesar de que, tras haber desembarcado en Italia, no regresó en siete años, Jorge ama mucho su país, como he podido verificar directamente sobre el terreno. Algunas importantes creaciones suyas se encuentran actualmente en Costa Rica; una, Eterno femenino/Eterno masculino, de cinco metros de longitud y tres de altura, en los jardines de la casa presidencial, ha marcado el tránsito del milenio. En la nueva catedral de Limón junto al Atlántico, donde el 18 de septiembre de 1502 desembarcó Colón, campea un Cristo de cinco metros y medio de altura, fuertemente evocador, compuesto por tres elementos que se compenetran de manera inédita y del todo original. En la península de Papagayo hay una inmaculada Génesis en mármol de Carrara, de diecisiete metros y medio de longitud y más de dos metros de altura, que reposa sobre un espejo de agua sin bordes, fundiéndose con el mar y el paisaje circundantes. Deredia explica el modo, bastante ingenioso, en el que colocó los cuatro enormes bloques sobre las bases en medio del agua, haciéndolas invisibles: “Empleé listones de hielo, un material de los más resistentes, emplacé las esculturas, y cuando el hielo comenzó a fundirse retiré las correas que los sujetaban”. y si esta Génesis del Guacanaste es también una revisitación de aquellas esferas antiguas, como siempre en la obra de Deredia simboliza y explica además la evolución: se desarrolla a partir de una vaina que se abre progresivamente tras cada nueva mutación, hasta convertirse en la cuarta escultura en una hermosísima mujer agazapada, con un rostro de extraordinaria profundidad, que sostiene una esfera entre las manos. (…)
La Ruta de la Paz, proyecto USA, 2011, bronce, mármol y granito, Jardín escultórico Jiménez Deredia, Hacienda Espinal, Costa Rica.
La Ruta de la Paz, proyecto Chile, 2009, mármol, detalle, Jardín escultórico Jiménez Deredia, Hacienda Espinal, Costa Rica.
(...) Llegado del país de los volcanes, Deredia es un volcán de ideas, en continua búsqueda de los motivos más profundos por los que todos nosotros estamos en este mundo. Su proyecto más reciente es una empresa que, como siempre, “siente” que debe llevar a término. Cuando habló de ello la primera vez parecía una utopía inalcanzable; siete años después, se está haciendo realidad. Ha explicado que habría querido presentarla en Roma, desde siempre encrucijada cosmopolita de pueblos y hoy para él “ciudad de paz”, pero resultaba demasiado arduo pensar que lo conseguiría; algunas veces hay que excusarse por la desconfianza también ante los amigos. Decía que toda civilización precolombina, de Canadá a la extrema punta de Tierra del Fuego, siempre ha tenido algo que la unía a las otras, una especie de marca común: una esfera, como los Boruca, un círculo como otros pueblos de América del Norte, del Centro y del Sur; en cualquier caso, una forma redonda. Deredia pretende reunir y revisitar estos disjecta membra; traer de nuevo a la superficie al menos un simulacro de aquellas antiguas culturas, reunificarlas en esa señal sin aristas que era la de ellos, y que él ha hecho suya. y hacerlo con una exposición que recorre todas estas tierras simultáneamente: “Grupos arquitectónicos y escultóricos monumentales en nueve países, de Canadá a los Estados Unidos, y después en México, Guatemala, Costa Rica, Colombia, Perú y Chile, para acabar en Tierra del Fuego, en Argentina”. Todavía sin ninguna certeza respecto a la financiación, comenzó a trabajar con la cabeza gacha, como se diría de un ciclista. Un día la levantó provisionalmente, y contó: “Sólo para la exposición de Roma he esculpido quinientos cincuenta toneladas de mármol”. Una enormidad. ¿Por qué todo esto? “La muestra sirve para presentar la Ruta de la Paz, y la Ruta para recuperar el sentido de circularidad que existe desde siempre en el hombre; la esfera es también la expresión perfecta de la globalidad universal que hoy estamos viviendo”. En Deredia la paz es un valor vivido. Se percibe no solamente en la sobriedad con la que se presenta, o por las maneras cordiales con las que se relaciona con todos los que trabajan en las canteras, o junto a él. Por ejemplo, jamás evoca su propio país sin un quid de orgullo, sin recordar que fue el primero, ya en 1948, en abolir el ejército, o que de nuevo tiene como presidente a Óscar Arias Sánchez, que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1987 precisamente por haber intentado exportar esta idea a los países vecinos, cuando por primera vez ocupaba el alto cargo; persona a la que el escultor, que es a su vez correspondido, respeta profundamente. Deredia no tiene ambiciones inalcanzables. Si poseyera una varita mágica y pudiese cumplir un deseo, querría “sin duda esculpir un montón gigantesco de esculturas, nada más. y no podría hacer otra cosa: sé que he nacido para esto”. Es un artista auténtico; ya decía Tolstoy que “el arte es la suprema manifestación de la potencia del hombre, concedida a pocos elegidos”. El hecho de que tenga sus esculturas expuestas en tres continentes (sólo faltan África y Oceanía) no le interesa demasiado: “Es algo más que no me esperaba, pero no es por esto que trabajo y vivo”. Para Henry Miller, “el arte no enseña nada si no es el sentido de la vida”. Evidentemente no es posible, pero la célebre definición parece acuñada a propósito para Deredia, laico y religioso a la vez, que ha hecho de la escultura, y de entrever un más allá en las que él llama transmutaciones, su único y auténtico credo. Es su Ruta, a lo largo de la cual sigue caminando desde el lejano día en el que, todavía siendo niño, contempló esas esferas en el Museo de su país.

La Ruta de la Paz, Génesis de Colombia, 2004, mármol, Jardín escultórico Jiménez Deredia, Hacienda Espinal, Costa Rica.

Melodía, 2013, mármol, detalle, colección privada, Panamá.

Jiménez Deredia en su taller en Pietrasanta, Italia, 2014.
* De Fabio Isman, Vida de Artista en cuatro Cuadros y mil esculturas, en Deredia a Roma, libro curado por Fabio Isman y Jiménez Deredia, catálogo de la exposición, Mondadori Electa, Milán, Italia, 2009, pág. 37-47.
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